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Psicología con Naranjas

Funciones yoicas

Escribe: Lic. Gisela Courtois

 
Situaciones que nos debilitan y situaciones que nos fortalecen. Nuestros impulsos exigen lo posible y lo imposible, incluso lo contradictorio. La tiranía de la realidad y de nuestro universo moral. ¿Qué ocurre en nuestra mente con estas presiones?

 

El Yo:


En principio, su plasticidad potencial, su capacidad de modificación, contrasta con el carácter estático del Ello y el Superyó. El Ello sólo posee impulsos instintivos que se conservan durante toda la vida y el Superyó (sede central de nuestra conciencia moral, nuestra capacidad de censura y del ideal de yo) funda sus raíces en los vínculos afectivos iniciales de la vida, con lo cual sufre escasas modificaciones a lo largo del tiempo, modificaciones que dependerán de  nuevos objetos con los que nos identificamos, sean ideologías, modas, personas o rasgos de carácter. En este sentido, la función del yo a la hora de nuevos replanteos ideológicos es esencial.  Por algo también describimos frecuentemente al Yo como un mosaico de identificaciones.
En “Los vasallajes del Yo”, Freud describía al Yo como una instancia que cumplía la función de atender los impulsos del Ello, reprimirlos o encontrarles viabilidad según fueran tolerables o no a las exigencias morales del Superyó y, también, a las posibilidades y conveniencias que provee la realidad exterior. El modo en que el Yo resuelve estas tres exigencias configura el aspecto más importante de nuestra personalidad y puede ser modificada por el mismo individuo o a partir de experiencias ajenas al mismo. 

Pero es importante recordar que el yo no siempre juega en el sentido de la represión de los impulsos del Ello; muchas veces es el vehículo que hace posible la realización de dichos impulsos, buscando los modos moralmente aceptables y realmente posibles de realizar nuestros deseos.

 

Funciones del yo:


Héctor Fiorini distingue tres tipos de funciones yoicas.
1)    Funciones básicas. Memoria, percepción, atención, pensamiento, anticipación, exploración, ejecución y coordinación de la acción. Este potencial es relativamente “libre de conflictos”, ya que no suele verse afectado por la emoción, pero en determinadas circunstancias aumenta o disminuye su fiabilidad. Ejemplo: si estamos esperando a una persona, nos parecerá verla aparecer cada vez que vemos a alguien medianamente parecido a quien estamos esperando. La memoria y la atención pueden verse disminuidas en un estado de ansiedad o aumentadas en una situación de alerta.
2)    Funciones defensivas. Son los medios que utiliza el Yo para resolver o reprimir los impulsos de Ello que pueden entrar en conflicto con la realidad. La represión actúa no sólo sobre afectos e impulsos sino también sobre los recuerdos, percepciones o pensamientos que representen dichos impulsos.
3)    Funciones integradoras, sintéticas u organizadoras. Permiten mantener una cohesión, una organización de las dos categorías anteriores. “La fuerza de estas funciones integradoras se pone a prueba particularmente cuando frente a cambios en la situación debe el sujeto reorganizar sus relaciones con el mundo, a través de una movilización selectiva de nuevas funciones de adaptación”. Este aspecto del Yo es el que nos provee la vivencia de integración, del sí mismo, del poseer una esencia constante a través de los cambios de la vida y aún cuando en distintos ámbitos nos comportemos de manera diferente. Esta tendencia a la cohesión se encuentra permanentemente amenazada por todo aquello que tiende a disgregar al yo (ansiedades, vivencias traumáticas, exceso de culpa y demás situaciones externas o internas que puedan escindir al yo). Ejemplo: durante la guerra, algunos combatientes afirman haber sobrevivido a tanto horror a través de la vivencia de que “todo lo que veía era como una película, nada era real”. Lo mismo ocurre con accidentes o situaciones intolerables para el yo (para cada uno serán diferentes) que lo obligue a pasar por un período de obnuvilación, amnesia, sentimientos de despersonalización o irrealidad.

Efectos de las funciones yoicas:

El resultado de tales funciones serían nuestra capacidad de adaptación a la realidad, sentido de prueba de realidad (distinguir realidad de fantasía), control de los impulsos, regulación de ansiedad, tolerancia a la ansiedad y frustración, creatividad, capacidad de espera y proyección.

Los efectos de la sociedad sobre el yo:

Los grupos de pertenencia, la sociedad, la familia, tendrán una influencia notoria en el desarrollo de las cualidades y la plasticidad del yo. Está visto que ciertas reglas familiares, sociales o grupales tienden a entorpecer algunas funciones del yo, hasta límites patológicos. El ejemplo más notorio es el que se describe con relación a los campos de concentración nazis, en donde todas las actividades, las reglas y hasta los escenarios y rutinas culinarias tenían el objetivo de interferir con las funciones yoicas de los detenidos (sería mejor decir, secuestrados) hasta volverlos a un estado primitivo de la personalidad.
Llegamos a la instancia de reconocer que existen situaciones (entiéndase: reglas, instituciones, etc.) a las que podríamos denominar yo-reforzadoras y otras a las cuales podríamos llamar yo-debilitantes.
Básicamente, si queremos esbozar un contexto yo-reforzador, tenemos que pensar en ambientes gratificantes, con posibilidades de atender y aliviar la ansiedad, con comunicación fluida entre sus miembros para que esto sea posible, estimulación, verificación de resultados favorables, elaboración de reglas claras e iguales para todos los participantes, reconocimiento del sujeto (que debería ser adecuadamente nombrado, mirado y escuchado).
Los contextos yo-debilitantes, y aquí cada uno podrá recordar lugares que respondan a estas características, se caracterizan por poseer reglas rígidas pero burladas desde algunos sectores de poder, reglas que no presentan claramente su sentido sino que responden al capricho momentáneo de quien las ejecuta, la comunicación entre los sujetos se encuentra menoscabada por obstáculos físicos o emocionales (como pueden ser la delación, la desconfianza o la competencia), no existe la posibilidad de ver el resultado de las acciones para gratificarse con el mismo y aprender de los errores y, por ende, no existe estímulo alguno a utilizar recursos yoicas en pos del mejoramiento de dicho contexto, ya se trate de una empresa, institución, familia o sociedad.
La psicoterapia no ha de servir para adaptar al individuo a un grupo de estas características yo-debilitantes sino a superar los obstáculos que este tipo de vivencias dejaron adheridos al yo, generando un mayor grado de madurez en la elección de los recursos, en el pensamiento, en la ideología, en el contacto con los impulsos, con la realidad y con el propio cuerpo, promover la creatividad (en contra de utilizar siempre recursos pre-inventados). En pocas palabras, la psicoterapia, sea cual fuere su tendencia, debería acercar al sujeto conseguir mayores grados de libertad.

 

Gisela Courtois
Licenciada en Psicología
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